Flowing Manabí

La provincia de Manabí es una de las más atractivas de nuestro país. La comida es deliciosa, su gente amable y sus playas espectaculares. Con más de 300km de costa que recorrer y un Fenómeno del Niño en plena temporada no dudamos en trepar nuestras tablas al carro y pegarnos el Roadtrip en búsqueda de olas.


Nuestra primera parada fue Ayampe, el pueblo más al sur de esta provincia. Desde hace ya algunos años Ayampe se ha convertido en un pueblo surfer, base de locales y extranjeros que se sienten atraídos por su beachbreak (olas que rompen sobre arena) y por la cercanía de olas a su alrededor.

---

Pero no solo las olas atraen a los habitantes de este pueblo. Su vegetación, su extensa playa, y la tranquilidad y sencillez con la que se vive acá también ha sido descubierta por extranjeros que han construido sus casas al pie de los 5 cerros y ahora residen en este paraíso ecuatoriano. Nosotros tuvimos la suerte de que una pareja de norte americanos nos abra las puertas de su sencillo hogar para alojarnos en ella durante nuestra primera noche.

Lo que ellos han construido es algo mucho más grande que una casa (en realidad la casa es muy pequeña). Ellos construyeron un estilo de vida admirable inspirado en la conservación. Simple y sublime. Su energía nos inspiraba a administrar de la mejor manera los recursos con los que contábamos. Cada alimento que consumíamos era aprovechado en su totalidad, cada gota de agua que utilizábamos tenía un propósito en su existencia. Hasta el tiempo parecía ralentizarse con la intención de que sea mejor aprovechado.


Una vez instalados llegó la hora de nuestra primera sesión en el mar. Un oleaje del norte estaba de bajada y las olas estaban pequeñas y agradables. Perfectas como calentamiento para los días que teníamos por delante.

El bachbreak de Ayampe tiene muchas caras. En el día de nuestra primera sesión nos mostró la que atrae a tanta gente. Una ola suave que te permite tomarte tu tiempo para levantarte de la tabla y que conforme la vas corriendo gana la fuerza necesaria para surfearla. Es una ola tan ideal para aprender a surfear como para practicar infinidad de maniobras.

Entre el agua cálida y olas divertidas el sol se empezó a ocultar detrás del islote de los ahorcados y así terminaba nuestro primer día en este pacífico lugar.

La mañana siguiente amaneció como un día típico de temporada en nuestra costa ecuatoriana. Solazo desde las primeras horas del día y el mar completamente glass. Además las primeras olas de un nuevo oleaje del norte empezaban a entrar y no dudamos en aprovecharlas.

Luego de almorzar continuamos el roadtrip en dirección norte por la Ruta del Spondylus. Esta carretera que en su gran mayoría se encuentra al pie del mar nos permitía observar sus condiciones. Mientras más avanzábamos hacia el norte, más grandes se ponían las olas. Cruzamos al frente de muchos beachbreaks y aunque pudimos detenernos en alguno de los tantos pointbreaks (olas que rompen sobre roca y en un lugar definido) que alojan estas playas nosotros teníamos claro nuestro destino.


Luego de poco más de una hora de recorrido arribamos a San Mateo, una de las olas más conocidas del Ecuador. El entusiasmo se levantó al ver entrar las primeras tandas. Trenes de olas rompían a la perfección por cientos de metros. Era de tarde y el viento tenía la dirección perfecta como para darle a la ola toda la magia que la hace tan reconocida.

Pero lo que de lejos parece soñado, de cerca se puede tornar en una pesadilla.

Un par de tandas más grandes de lo que esperábamos nos hizo recordar lo importante que es el respeto a la fuerza del mar. Y aunque esta sesión no fue de lo más entretenida, nos dio una importante lección de lo indomable que es el mundo en el que vivimos y lo privilegiados que somos de poder disfrutarlo.

Cabizbajos y con la respectiva humildad que el mar provoca partimos de San Mateo y continuamos nuestro viaje. Era de noche cuando llegamos a Canoa, nuestra siguiente parada. Acá nos encontramos con un grupo de gente que se alejó de la gran ciudad para estar más cerca de las olas. Ellos nos esperaban con unas Pílsener frías y la pesca del día lista para ser devorada. De inmediato se hizo sentir la hospitalidad de este pueblo tan especial de la Ruta del Spondylus.

A diferencia del día anterior, este nuevo día nos recibió con una intensa lluvia mañanera y cielo nublado. En el beachbreak de Canoa el nuevo oleaje norte se hacía presente y una vez hubo parado la lluvia nos preparamos para treparnos a al bote en búsqueda de olas. No sin antes probar las divertidas olas del beachbreak, esenciales para aflojarnos un poco luego de la tensa experiencia vivida en San Mateo.


Mientras viajábamos en búsqueda de esta ola en particular fuimos testigos del potencial que tiene esta costa. Cada cierto tiempo los locales nos enseñaban lugares donde se podía surfear, y aunque se veían buenazos ninguno era la ola que buscábamos. Luego de unos 45 minutos de viaje llegamos a Cabo Pasado, una ola de izquierda que rompe mar afuera.

Al principio tuvimos nuestras dudas ya que la marea se encontraba alta y la ola demoraba en romper. Sin embargo la marea no demoró en bajar un poco y la ola empezó a demostrar su máxima expresión. La sesión empezó con timidez. El grupo de locales que nos acompañaba fue el primero en meterse al agua y en base a maniobras verticales y harto poder fueron dominando la ola.

Esto nos brindó la confianza que necesitábamos para entrar al agua y unirnos a la fiesta. Está de más mencionar que nuestro grupo era el único que se encontraba en el agua. No había rastro de otro ser humano en kilómetros a la distancia.

Tenemos que hacer una mención especial al camarógrafo de nuestro equipo y al conductor de la lancha que arriesgaron su integridad física (y los equipos de filmación) colándose entre las olas para sacar las mejores tomas posibles. Más de una vez se les apagó el motor con una tanda de olas asomando en el horizonte.

Uno a uno los surfistas fueron regresando al bote luego de una divertida sesión. La ola sin embargo seguía ahí, reventando ante nuestra mirada y lo seguiría haciendo solitaria luego de nuestra partida.


El día concluiría con una sesión relax en el beachbreak de Canoa. Otra vez un atardecer compartiendo olas con locales medio chiflados y extranjeros maravillados. Todos en el mismo lugar en búsqueda de la misma sensación adictiva de fluir sobre las olas.

Más tarde se destaparían las cervezas para recordar entre carcajadas la sesión del día y conversar acerca del potencial que existe en las playas de Manabí donde seguro aún quedan muchas olas por descubrir. Olas que siguen ocultas por el simple hecho de que aún no hace falta descubrirlas.

Así llegó nuestro último día del viaje donde Canoa nos brindó uno de esos amaneceres soñados. Soleados y sin viento. Aún teníamos tiempo de una última sesión y el debate de a dónde ir empezó temprano. Por un lado sentíamos que podíamos sacarle más el jugo a Cabo Pasado, y por el otro siendo nuestro último día y con el oleaje decreciendo un beachbreak parecía una buena opción. Meditando desde nuestras hamacas nos decidimos por el beachbreak. Trepamos las tablas al carro y salimos más hacia el norte en una nueva búsqueda de olas.

El lugar se encontraba en Jama, al norte de la provincia. Una densa vegetación nos rodeó casi todo el camino mientras nos maravillábamos con lo rico y fértil de nuestro país. Parqueamos literalmente al frente de la playa y nos topamos con algo que no esperábamos. Olas tubulares y pesadas que rompían en la arena y se cerraban más rápido de lo que podíamos surfearlas con la mirada.

Ninguno de nosotros tenía mucha experiencia dentro del tubo pero la decisión ya se había tomado y ahí nos encontrábamos. Era nuestra última sesión y había que hacer con ella lo que podamos. Los minutos transcurrían y las olas reventaban con fuerza mientras nosotros buscábamos alguna ola que nos muestre la salida.


No importaba que las olas sean más que nosotros, nada nos iba a quitar la alegría del maravilloso viaje que llegaba a su fin. El mar nos había regalado momentos de tranquilidad, tensión y superación, y aún estaba por darnos más.

Una vez estuvimos todos fuera del agua pensando en empacar, la marea terminó de subir y el viento a entrar con suavidad. Lo que minutos antes eran tumbos sin salida se convirtió de un momento a otro en el beachbreak más agradable que jamás hayamos visto. Picos perfectos empezaron a reventar a lo largo de esta playa desolada y paradisiaca. Enseguida olvidamos la idea de retirarnos y volvimos todos al agua para disfrutar la sesión perfecta para concluir nuestro viaje.

---

Nuestro Roadtrip por Manabí estuvo completo: con altos y bajos, miedos y alegrías. Así mismo es cuando dependes de la naturaleza como fuente de tu diversión. La clave siempre será fluir con ella, fluir como lo hacen las olas de Manabí y también su gente.